‘mi trabajo servirá de algo’
¿Mi trabajo servirá de algo?
Dos de las optativas más elegidas en la facultad son las asignaturas Psicología Comunitaria y Técnicas de Intervención Social, y no es casualidad. Además, se está llevando a cabo el primer año del Máster en Intervención Social que igualmente ha recibido un amplio número de solicitudes.
Este interés por la intervención social, contrasta con la tendencia que todos parecemos percibir respecto a que nuestra sociedad cada vez es menos “comunitaria”. Sólo hace falta fijarse en las vistas desde el 714, donde uno divisa perfectamente que los nuevos barrios no son, lo que se dice, especialmente acogedores.
Este alto interés de los estudiantes por el campo de la intervención social puede tener, entre otras posibles, dos grandes explicaciones: 1) preocupación política por situaciones de injusticia social, que otras líneas de la psicología desatienden y 2) creciente aumento de posibilidades laborales en el campo de las ONG, fundaciones, etc. Parémonos, pues, a analizar las dos posibles causas de interés de los alumnos por el trabajo social, y veamos qué problemas se encuentran involucrados.
Respecto a la preocupación política del estudiantado, no andan muy desviados escogiendo esta rama, pues la psicología comunitaria se enraíza fundamentalmente dentro de la tradición marxista en Latinoamérica, definitivamente orientada al cambio social, y con estrechos lazos con la pedagogía del oprimido del brasileño Paulo Freire, la investigación acción participante del sociólogo colombiano Fals Borda, la teoría de la dependencia en economía, o lafilosofía-/psicología/teología de la liberación, de autores como el filósofo argentino Enrique Dussel o Ignacio Martín-Baró, cura y psicólogo español asesinado en El Salvador. Ya que el concepto de comunidad es clave en la intervención psicosocial, es necesario someter a crítica el traslado que, de una u otra forma, estamos haciendo cuando aquí y ahora manejamos la idea de comunidad que se populariza en un cierto periodo histórico y en ciertos países, es decir, ni aquí niahora.
Para hablar de comunidad, entre otros aspectos, es necesario que los miembros de tal colectivo compartan una historia de comunidad y posean intereses y objetivos comunes. Aun aceptando el potencial de transformación social en todo este armamento teórico-práctico, resulta ciertamente dudosa su aplicabilidad en, sin ir más lejos, el actual Madrid. Tras el proceso de desestructuración en el nuevo contexto glocal provocado por los planes urbanísticos de la última década, los billetes de Ryanair y las becas Erasmus, ¿quién “cataliza” el cambio social en los barrios en los que aún hay comunidad como tal? De seguro no son los profesionales. Quizás suela haber alguna ONG que trabaja con inmigrantes o con niños en riesgo social. De esta forma, si la participación es pilar fundamental en la psicología comunitaria, ¿en qué procesos de participación comunitaria de los últimos tiempos en Madrid había profesionales involucrados dentro de su labor?
Creo no equivocarme demasiado si afirmo que, en el Madrid actual, este tipo de iniciativas surgen al darse algún conflicto que afecte a la vida cotidiana de lacomunidad, y no cuando aparece en escena algún interventor psicosocial. Y si en algún caso participan profesionales, ¿serían entonces iniciativas de base o más bien tiene que ver con alguien externo que apareció proponiendo un proyecto?
O lo que es peor, ya hay “proyectos sociales” en marcha donde los interventores sociales son utilizados para culpar a los inmigrantes de los conflictos en los barrios (1).
Por otro lado, si bien la autogestión era otra de las columnas de la psicología comunitaria original, creo que no debe existir un solo proyecto en España en que se cumpla este requisito. ¿Qué posibilidades reales tienen en este contexto los interventores sociales de promover cambios más allá de la solución de problemas a corto plazo? ¿Por qué las ONG, como instituciones, tendrían que estar comprometidas con el cambio social más allá de lo que cuentan en su propaganda autorreferente? ¿Por simples buenas intenciones?
Es decir, en Madrid, la iniciativa comunitaria surge cuando se construye la M-30, o cuando el ayuntamiento quiere ceder gratuitamente unos terrenos del barrio a la iglesia; o porque siempre se había podido estar tomando cerveza en el parque y ahora no; o por los parquímetros; o… un largo etcétera.
Cuando esas cosas pasan, la gente necesariamente protesta y se moviliza -siempre, claro está, que exista una red social que canalice la organización- porque, de lo contrario, no queda más que votar cada cuatro años. Son este tipo de casos aquellos a los que propiamente podemos calificar como de transformación social, y donde, en general, los interventores profesionales no aparecen. Aparecen en otros.
Y aquí viene el segundo factor: el aumento de posibilidades laborales. Si las oficinas de servicios sociales pierden financiación a favor de las ONG, fundaciones y otras organizaciones, no es casualidad. El Estado se desresponsabiliza de su labor de garantizar la cohesión social y deja el trabajo a las ONG. Algunas de estas, más allá de ser la expresión de solidaridad de la sociedad civil en problemas concretos y locales, se han convertido en auténticas recaudadoras de fondos con grandes presupuestos, que necesitan contratar personal especializado en presentar y ejecutar proyectos.
Y por ello asistimos actualmente al crecimiento desmesurado de algunas grandes ONG (Organizaciones Notoriamente Gubernamentales) y empresas de intervención social. Y aquí entran los “expertos”: sociólogos, trabajadores y educadores sociales, antropólogos y… psicólogos. Por supuesto, ninguno nos hacemos rico, pero el mercado nos ofrece un trabajo rápido en una organización que vive de la cada vez más competitiva concesión de proyectos, y lo más importante: en donde como psicólogos nos incluimos en tanto que requerimos un trabajo en nuestro campo -y después “ya lo haré lo mejor que pueda”- pero donde difícilmente participaremos como actores de lo que, de toda la vida, se entiende por comunidad.
Finalmente, no cabe duda de que la psicología comunitaria como praxis ha constituido una de las apuestas más fuertes de las ciencias sociales por construir propuestas concretas de cambio social, y afirmar su defunción sería ciertamente equivocado.
Sin embargo, en nuestro actual contexto se hace complicado conjugar trabajo y transformación social, pues las mismas instituciones casi nunca surgen de base y se encuentran absorbidas por las políticas públicas y la elección que las instituciones privadas realizan para destinar sus fondos. De esta manera, en estos tiempos no será tan simple canalizar nuestra preocupación política eligiendo un trabajo “comprometido”.
Sin negar que aún quedan ciertos márgenes de acción para el interventor psicosocial, probablemente resulta ingenuo creer que estos trabajos poseen unagran capacidad de transformación -¡qué fácil sería cobrar y cambiar la sociedad al mismo tiempo!-. Por ello, quizás debamos intentar politizar nuestra vida cotidiana, más que confiar excesivamente en nuestro trabajo “comunitario”. Tal como están las cosas, no podemos matar dos pájaros de un tiro.


No hay comentarios:
Publicar un comentario