lunes, 23 de enero de 2012

Movimientos Estudiantiles


El líder que no tenemos


No hay que ser sociólogo para entender el fenómeno. Las manifestaciones, las marchas en las calles y los cacerolazos, no son sólo para exigir una mejor calidad en la educación. En lo formal aparecen como parte importante del descontento, pero esas expresiones públicas no se refieren únicamente al debate que la Confech instaló en la agenda. En el último año el país ha sido escenario de varias y masivas demostraciones de rechazo a políticas con las que ya no comulga. De concurrencias impensadamente multitudinarias, se generaron marchas a favor de los comuneros mapuches en huelga de hambre, en contra del aumento en el precio del gas en Magallanes, por la construcción de una termoeléctrica en Punta de Choros, rechazando la aprobación del proyecto Hidroaysén, criticando la tardanza en la reconstrucción prometida luego del terremoto y en favor de la igualdad entre heterosexuales y gays.
Es más que razonable -de hecho resulta saludable para cualquier democracia- que sus ciudadanos expresen su opinión cuando disienten de políticas con las que no están de acuerdo. Esa misma opinión está permanentemente reflejada en encuestas públicas, en el sentir que recogen los medios de comunicación y en las redes sociales pero, ¿por qué ahora llegaron a la calle? Porque no se sienten escuchados. Y aún cuando la realidad pueda ser distinta y efectivamente se esté intentando atender sus demandas, la sensación del que protesta es esa, que no los están oyendo. La razón que explica esa disociación entre percepciones y realidad es que no se observan líderes que canalicen lo que la sociedad está pidiendo. Estamos ante la ausencia completa de liderazgos.
La responsabilidad del Presidente Sebastián Piñera en este punto es ineludible. Asumió el cargo sabiendo que debía construir mayorías políticas y hasta ahora no ha podido. En su defensa se puede esgrimir que distrajo parte de esa atención ocupándose, primero, de la instalación del primer gobierno de centro-derecha en décadas, y luego, de varios fenómenos que golpearon este primer año y 5 meses de gobierno: las consecuencias del terremoto, la crisis de los mineros, la huelga indígena, el incendio en la cárcel de San Miguel y la erupción del cordón del Caulle. Es inusual que un mandatario deba hacerle frente a tal cúmulo de episodios en tan corto tiempo. Pero los problemas de liderazgo de Piñera no se deben sólo esa razón. En nada le han ayudado los partidos que lo acompañan. La UDI ha sido más opositora que contribuyente de su mandato y en Renovación Nacional, su presidente, Carlos Larraín, le ha generado más de un dolor de cabeza con sus dichos. No hay líderes al interior de la Alianza. Tanto Larraín como Juan Antonio Coloma, presidente de la UDI, no estaban de acuerdo con el proyecto en favor de la comunidad gay que Piñera presentó esta semana. Sin embargo, si no lograron convencerlo con sus argumentos, no es razón para no asistir a la ceremonia en la que se anunció la iniciativa. Es actitud de político taimado no se condice con la de un líder que asume que perdió una batalla pero no la guerra.
La ausencia de líderes no es un fenómeno exclusivo de la Alianza. En la Concertación hace rato que los están buscando. Y no los encuentran. Ricardo Lagos perdió su sitial probablemente cuando no quiso participar del juego democrático de las primarias para elegir al candidato en las últimas elecciones. Hoy sus palabras no tienen el peso que le conocimos. Hace un par de meses se declaró partidario de Hidroaysén y 24 horas más tarde se desdijo luego de ser criticado por sus sector.
Tampoco ejerce liderazgo el ex Presidente Eduardo Frei. No se puede considerar líder a quien es capaz de dañar la imagen del país diciendo en una entrevista en Argentina que Chile vive una crisis de gobernabilidad. Nuestro país no enfrenta ese oscuro panorama que el senador describió. Las instituciones están funcionando, los poderes del Estado operan con normalidad, y lo mismo el Banco Central y las empresas públicas. Hay crisis, pero no de gobernabilidad sino de interpretación de lo que la sociedad quiere.
Michelle Bachelet es querida pero allá lejos, en Nueva York, no hay liderazgo que aguante.
La Iglesia también perdió a sus líderes. Ya no hay figuras como Alberto Hurtado o el Cardenal Silva Enríquez y hasta Felipe Berríos desapareció del mapa. Las acusaciones de pedofilia contra sacerdotes y la patética forma en que se ocultaron los casos le pasó la cuenta a una de las Instituciones históricamente más respetadas del país.
Se nos fue Bielsa, no hay caudillos fácilmente reconocibles en el deporte y hasta Don Francisco, histórico líder de los medios, quedó magullado a causa de una acusación falsa pero que muchos creyeron.
A Chile le faltan líderes. Y la gente los está pidiendo para sentirse escuchados. Los exigen haciendo sonar sus cacerolas a la espera de ser oídos. El problema no es que no los escuchen, si no que no hay de dónde sacarlos. Por eso los ciudadanos ahora los están buscando en las calles.


El movimiento estudiantil es acusado de haberse vuelto intransigente. Al Gobierno se le responsabiliza por hacer propuestas que resultan insuficientes y que no dan con el tono de los cambios que nuestro sistema educativo necesita. A la autoridad policial se le imputa ser represiva. A la oposición, de no ser constructiva y desentenderse de su propia responsabilidad tras 20 años en el Gobierno. Al Colegio de Profesores, de escudarse convenientemente en estas movilizaciones para esconder sus propias falencias. A los medios de comunicación, de dedicarle más tiempo a los desmanes que a las exigencias estudiantiles y las ofertas gubernamentales.
Todo lo anterior es cierto. Es tan obvio que ese cóctel ha llevado las cosas por un camino cuyo destino desconocemos pero nos huele peligroso.
Vamos por parte. Hace dos meses, Chile se sorprendía con la convicción, coordinación y perseverancia de un movimiento estudiantil organizado y potente, con voceros de discurso claro y con un respaldo inusitadamente masivo. Hoy, ese mismo movimiento se ha radicalizado y, aunque en su esencia mantiene el discurso, adornó con tantas otras demandas su listado original de peticiones que el sentido primario de su existencia ha quedado en entredicho. Las movilizaciones masivas por la Alameda dieron paso a desórdenes y desmanes que ninguno de sus líderes ha intentado contener. Sesenta días después de haber puesto en el tope de la agenda nacional sus reclamos, en lugar de haber aprendido, parecen ser más inexpertos que antes. Lograron que un cuestionado Joaquín Lavín dejara el Ministerio de Educación y que el Gobierno les hiciera tres propuestas diferentes. No han aceptado ninguna y ni siquiera han accedido a debatirlas. Peor aún, volvieron a marchar ayer antes de dar a conocer su respuesta a la última proposición del Gobierno, la que finalmente rechazaron anoche. Es probable que puedan conseguir más, pero las formas para hacerlo están dañando el fondo.
Lo propio hace el Colegio de Profesores. Testarudo y casi sectario a la hora de rechazar las evaluaciones docentes, no asumen responsabilidad alguna en la mala calidad de la educación. Apoyan las movilizaciones sin aceptar que también son parte del problema. Su presidente, Jaime Gajardo, ha sacado dividendos inesperadamente altos en esta pasada. Nadie lo hubiese imaginado. No tiene autocrítica pero en cambio es capaz de hacer una asociación respecto del origen judío del Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, y los métodos israelíes de represión policial en las calles. Además de torpe, xenófobo.
A propósito de los intentos por mantener el orden en las calles, el Gobierno y las policías han quedado también al debe. Además de las denuncias de abusos policiales que hoy se tramitan en tribunales, la autoridad ha quedado debilitada al haber prohibido una marcha hace dos semanas y luego dar pie atrás. Era obvio que ayer los jóvenes esperaban que ocurriera lo mismo. Proponer que se manifiesten en otro lugar de Santiago es no entender el simbolismo de caminar para expresar sus reclamos frente al Palacio de La Moneda y el Ministerio de Educación. Suena a despropósito llevarlos al Parque O’Higgins. No quieren protestarle a Fantasilandia. Tampoco reunirlos en el Estadio Nacional. No es esto un partido de fútbol ni un recital. Decir que “se acabó el tiempo de marchar” es no entender que el Gobierno no es el que maneja los tiempos.

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